Cuaderno de Sefarad

De un modo u otro hace muchos años que inicié este proyecto sin ser consciente de ello. A lo largo de los años me he ido encontrando con esos espacios vacíos o en proceso de ausencias de la presencia del hombre.

A lo largo de los años te vas encontrando esa soledad dolorosa que produce el abandono de ciertos territorios, ese silencio que se va adueñando poco a poco de la vida de los espacios rurales, pequeños pueblos y comarcas que el tiempo arrastra hacia lo más profundo del pozo de las ausencias. Ese tiempo del progreso que marca la aventura de la búsqueda de nuevas vidas, vidas soñadas en las grandes ciudades que pueden llegar a ser tan solitarias para uno como una pequeña aldea de 3 habitantes. Y esos silencios los encuentras en toda la geografía española, no solo en lo que denominan la zona cero. Y esos silencios tan bien son intrínsecos a muchos pueblos, a sus propios centros neurálgicos: lo que solemos llamar cascos antiguos, para distinguirlos de lo moderno, que parece ser lo contrario de lo antiguo. Hay como una fuerza a vaciar esas calles, callejones, negocios de toda la vida, esos bellos y decadentes edificios que llevan en pie un tiempo casi infinito, siendo testigos del paso de la vida y que en muchas ocasiones se quedan en plena soledad, fríos. Te encuentras dos mundos distintos dentro de la misma población tan cercanas y a la vez tan alejadas.

Aun así existe una resistencia en esos pequeños núcleos que van menguando y no quieren ceder a desaparecer de sus tierras y su memoria. Son personas valientes, con ese aire quijotesco a enfrentarse a lo irremediable, y algunos resisten y van ganando la batalla. Toda una proeza digna de admiración porque hay que ser muy valiente, como lo son esos hombres y mujeres, para resistir y aguantar esos silencios, esos vacíos, que de algún modo han asumido y que han convertido en una simbiosis necesaria.

A través de los años se han ido incorporando imágenes a este cuaderno, un cuaderno donde se han acumulado las miradas de una búsqueda en el tiempo y en la memoria; esa memoria que de algún modo se va diluyendo y que puede quedar fijada de un modo frágil, inseguro, en los espacios donde nacieron, deambularon o quedaron impregnados, cuan pátina, en la atmósfera de los lugares.

Una búsqueda de más de doce años tras las huellas de esa Sefarad repartida en toda la Península, de esa España que tuvieron que abandonar los hispanojudíos en 1492 a raíz de la expulsión y de la diáspora que iniciaron y que les llevó a múltiples exilios donde volvieron a dar forma a sus vidas y con esa melancolía y desasosiego por la tierra perdida que siempre llevaron en sus tradiciones, en sus corazones y en su modo de ser, como sefardíes, a través de su particular idiosincrasia: gastronomía, cancioneros, costumbres, religiosidad y esa bella lengua que se llevaron consigo, ese castellano del siglo XVI, que durante más de cinco siglos mantuvieron como una señal de identidad, como una llama que no se podía apagar y que fue nexo de unión de esa comunidad a través del judeo-español.

«Las lealtades de los sefardíes resultaban bastante complicadas. Eran judíos creyentes, para los que su comunidad religiosa significaba mucho y constituía, sin exagerar, el centro de sus vidas. Pero se creían judíos de un tipo especial, y eso tenía que ver con su tradición española. En el curso de los siglos, desde su expulsión, el español que hablaban entre sí había cambiado muy poco. Algunas palabras turcas habían entrado en la lengua, pero eran reconocibles como tales, y casi siempre había también términos españoles para ellas. Las primeras canciones infantiles que escuché eran españolas, oí viejos romances españoles, pero lo más fuerte y para un niño lo más irresistible era el talante español». La Lengua Salvada (Elías Canetti, Debolsillo Comtemporánea, Edición Septiembre 2011).

Localización: España, Portugal, Turquía, Bosnia-Herzegovina, Marruecos y Cuba